Asistir a los enfermos

Obras de Misericordia visitar a los enfermos

Quinta Obra de Misericordia en Mt 25, 36

La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. De hecho, toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte” (CEC, no. 1500).

El acto de visitar a los enfermos, no muy frecuente en la Biblia, lo describe Ben Sira como acto de amor hacia el visitante: “No dejes de visitar al enfermo, porque con estas obras te harás querer” (Sir 7,35). El texto manifiesta la mentalidad judía que ponía su acento en el visitante y no en el enfermo, diversamente de Mateo 25,36, en el cual es el enfermo quien tiene una dignidad que debe ser reconocida, ¡ya que es Cristo mismo!

En el evangelio de Mateo, “el enfermo tiene una sacramentalidad crística que le convierte en sacramento de Cristo”. Tal perspectiva exige del visitante que descubra en su encuentro con el enfermo pobre y desvalido, un camino y una interpelación que pueda conducirle a asemejarse con Cristo, que “siendo rico, se hizo pobre” (2Cor 8,9).

En el Nuevo Testamento aparece una forma típica de visita a los enfermos, en la que se articulan tres momentos: la visita, la oración y el rito, teniendo este último dos formas: la imposición de manos o la unción con aceite. Así, en Hechos 28,7-10 se narra la acogida de Pablo en casa de Publio y en la carta de Santiago 5,14 se afirma que se debe llamar a los presbíteros cuando alguien está enfermo: “¿Está enfermo alguno de ustedes? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que recen por él y lo unjan con óleo en el nombre del Señor… La oración hecha con fe salvará al enfermo y el Señor lo restablecerá; y si hubiera cometido algún pecado, le será perdonado”. Este último texto ha sido considerado por la tradición cristiana como la base y el germen bíblico del sacramento de la Unción de los Enfermos, insinuado ya en la misión de los Doce, cuando “ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban” (Mc 6,13).

La asistencia a los enfermos constituye, pues, un gesto de verdadera caridad, un signo orientado a promover vida y salud, tal y como lo realizó Jesucristo, el Ungido de Dios que pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el pecado, porque Dios estaba con él (cfr. Hch 10,38).

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