Consolar al triste

Obras de Misericordia Consolar al Triste

Jerusalén, en su historia, hizo la experiencia de total abandono. Cuando fue privada de toda consolación por parte de sus aliados (cfr. Lam 1,19), exclamaba: “Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado” (Is 49,14; 54,6-10), pero en realidad el Señor era su verdadero consolador al proclamar: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice su Dios” (Is 40,1).

Dios, en efecto, consuela a su pueblo con la bondad de un pastor (cfr. Is 40,11; Sal 23,4), con el afecto de un padre, con el ardor de un novio y de un esposo (cfr. Is 54) y con la ternura de una madre (cfr. Is 49,14s; 66,11-13). Y por esto ha legado a su pueblo su promesa (cfr. Sal 119,50), su amor (cfr. Sal 119,76), la Ley, los profetas (cfr. 2Mac 15,9) y las Escrituras (cfr. 1Mac 12,9; Rm 15,4) que le posibilitan superar el desconsuelo y vivir en la esperanza.

Jesús, a su vez, anunciado como “Consuelo de Israel” (Lc 2,25), y reconocido como “Consolador” (1Jn 2,1), proclama: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados” (Mt 5,5).

Pablo, por su parte, recuerda que Cristo es la fuente de toda consolación (Flp 2,1) y que en la Iglesia la función de “consolar” es esencial, ya que atestigua que Dios consuela permanentemente a los pobres y afligidos (cfr. 1Cor 14,3; Rm 15,5; 2Cor 7,6; cfr. Sir 48,24). De hecho, tal como se presenta en la imagen conmovedora del Apocalipsis, la presencia de Dios es el consuelo máximo de los hombres: “Él nos enjugará toda lágrima” (Ap 7,17), y en su presencia “no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor…” (Ap 21,4).

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