Dar de beber al sediento

Obras de Misericordia Dar de beber al sediento

Segunda Obra de Misericordia en Mt 25, 35

El agua encierra en la Biblia un significado simbólico. Así, el agua que brotó de la roca del desierto significa el don que Dios hace a su pueblo escogido (cfr. Éx 17,1-7; Núm 20,1-13). A su vez, el agua es un símbolo del mismo Dios, tal como aparece en la preciosa plegaria del Salmo 42,2s: “Como busca la cierva las corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío”, y en el texto profético de Jeremías 2,13: “Me abandonaron a mí, que soy fuente de agua viva” (cfr. Is 12,2s; Jer 17,13).

En el Nuevo Testamento se recordará que el ministerio apostólico comporta dificultades y tribulaciones, entre las que se encuentra “el hambre y la sed” (1Cor 4,11; 2Cor 11,27). Por eso, el dar de beber aunque sea sólo un vaso de agua a los discípulos enviados por el Señor, es un gesto que no será olvidado por Dios (cfr. Mt 10,42; Mc 9,41). No es extraño, entonces, que en el Apocalipsis se formule una esperanza de liberación en estos términos: “Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno” (Ap 7,16).

A su vez, es importante el simbolismo del agua que encuentra su plena significación en el Bautismo cristiano. En efecto, así como el agua purifica así también lo realiza el Bautismo, ya que “no es la purificación de una mancha física, sino petición a Dios de una buena conciencia” (1Pe 3,21). Por esto, el Bautismo es concebido como “el baño del nuevo nacimiento y de la renovación del Espíritu Santo” (Tit 3,5; cfr. Jn 3,5). El sacramento del Bautismo puede verse simbólicamente anunciado en el “agua” que salió del costado de Jesús crucificado (cfr. Jn 19,34), de acuerdo con la interpretación de diversos Padres y teólogos relevantes (particularmente san Agustín y santo Tomás de Aquino).

Como Jesús, en el pozo de Sicar también la Iglesia siente el deber de sentarse junto a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, para hacer presente al Señor en sus vidas, de modo que puedan encontrarlo, porque sólo su Espíritu es el agua que da la vida verdadera y eterna.

No se debe olvidar que en nuestra sociedad sigue resonando la fuerte petición “¡Dame de beber!”; petición hecha a la Samaritana por Jesús mismo (Jn 4,7). De allí que, privar a alguien (y cuanto más a los pobres) del acceso al agua significa negar el derecho a la vida, derecho que está fundamentado en la inalienable dignidad humana.

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