Dar de comer al hambriento

Obras de Misericordia Dar de comer al hambriento

Primera Obra de Misericordia en Mt 25,35

El hambre es característica de la experiencia del desierto del pueblo de Dios: “Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto… Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná” (Dt 8,23). Esta dramática experiencia hace entender la significativa expresión profética: “Vienen días en que enviaré hambre al país: no hambre de pan, ni sed de agua, sino de escuchar la Palabra de Dios” (Am 8,11).

Entre los alimentos del desierto el pan tenía diversos significados simbólicos. Así, primeramente, el maná fue calificado como “trigo de los cielos”, “pan de los fuertes” (Sal 78,24s) y “manjar de ángeles” (Sab 16,20) y, a su vez, fue visto como símbolo de la “Palabra de Dios” (Dt 8,3; Is 55,2.6.11), de “las enseñanzas de la Sabiduría” (Prov 9,5) y de la misma “Sabiduría” (Sir 15,3; cfr. 24,18-20).

En el Nuevo Testamento, el hambre era la característica de los pobres, de los individuos a los que se les proclama “bienaventurados” debido a su “hambre” física y de justicia (Mt 5,6).

En definitiva, siendo el hambre el símbolo de la necesidad de alimento y justicia, la acción de “dar de comer al hambriento” se vuelve una responsabilidad eclesial, derivada de la misma acción del Padre misericordioso y de Jesús de Nazaret.

Hoy día en muchos lugares persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón (cfr. Lc 16,19-31)… En esta perspectiva, dar de comer a los hambrientos (cfr. Mt 25,35.37.42) se convierte en un imperativo ético para la Iglesia universal, que responde a las enseñanzas de su Fundador, el Señor Jesús, sobre la solidaridad y el compartir.

 

 

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