Enterrar a los muertos

Obras de Misericordia enterrar a los muertos

Obra de Misericordia en Tob 1, 17 ; 12, 12s

En Israel, ser privado de sepultura era visto como un castigo, como uno de los peores males entre los hombres (cfr. Sal 79,3). Dicha acción formaba parte del castigo con el que se amenazaba a los impíos (cfr. 1Re 14,11s; Is 34,3; Jer 22,18s). Por eso, efectuar la caridad a través del entierro de una persona yacente era una de las obras de piedad más venerables en el judaísmo. De ahí las exhortaciones de Ben Sira: “A los muertos no les niegues tu generosidad” (Sir 7,33); “Hijo, por un muerto derrama lágrimas y, como quien sufre atrozmente, entona un lamento; amortaja el cadáver como es debido, y no descuides su sepultura” (Sir 38,16).

El testimonio relevante de esta práctica la ofrece el libro de Tobías: “En tiempos de Salmanasar hice muchas buenas obras a mis hermanos de raza: procuraba pan al hambriento y ropa al desnudo. Si veía el cadáver de uno de mi raza fuera de las murallas de Nínive, lo enterraba. Enterré también a los que mandó matar Senaquerib” (Tob 1,16s). Tobías incluye la obra buena de “enterrar a los muertos” después de las obras de misericordia de “dar de comer al hambriento” y de “vestir al desnudo”. Esta enumeración conjunta es la que posiblemente influyó para que esta práctica de caridad fuera incluida como la última obra de misericordia corporal después de las seis enumeradas en Mateo 25.

No obstante, es oportuno señalar que hay otra razón para colocarla en último lugar de dichas obras de misericordia. Esa razón es la influencia de santo Tomás de Aquino: el Santo subrayó que el silencio sobre la sepultura en las seis primeras obras de misericordia se debe a que las anteriores son de “una importancia más inmediata”, aunque eso no quite la profundidad y el alcance amoroso de sepultar a los muertos (cfr. ST II-II, q. 32, a. 2, ad 1).

En el marco de esta obra de caridad es conveniente abordar un tema que, en estos últimos tiempos, ha causado muchas inquietudes entre los creyentes. Nos referimos al acto de incinerar los cuerpos. ¿Qué respuesta da la Iglesia sobre dicha práctica? Desde del año 1963, una Instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, recogida en el Código de Derecho Canónico (1983), canon 1176, indica que la Iglesia católica, aun manteniendo su preferencia tradicional por la inhumación, acepta acompañar religiosamente a aquéllos que hayan elegido la incineración, siempre y cuando no sea hecha con motivaciones expresamente anticristianas.

La práctica de la incineración, a su vez, invita a reflexionar sobre el profundo interrogante que es la muerte para toda persona humana, conscientes de que la fe cristiana afirma la supervivencia y la subsistencia (después de la muerte) de un elemento espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo ‘yo’ humano, carente mientras tanto del complemento de su cuerpo. Para designar este elemento la Iglesia emplea la palabra “alma” consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la Tradición, aunque no ignora que este término en la Biblia tiene diversas acepciones (según afirma la Congregación para la Doctrina de la Fe).

En definitiva, se trata de la fe en la inmortalidad de la “persona” (o “yo humano” / alma), que sobrevivirá transformada por la acción salvadora de Dios en Jesucristo, cuando “Dios sea todo en todos” (1Cor 15,28), en “un cielo nuevo y una tierra nueva…, donde no habrá ni muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor” (Ap 21,1.4).

 

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